SOBRE LA
ENERGÍA NUCLEAR Y SU CONVENIENCIA ECOLÓGICA: Una aproximación desde la teología
POR:
Osmar Barrios, Adolfo Céspedes.[1]
Introducción
La
energía es la fuerza vital que mueve nuestra sociedad. De ella depende la
iluminación de nuestras casas o de las calles de las ciudades, el calentamiento
y refrigeración en nuestros hogares, el transporte de personas y mercancías, el
funcionamiento de las fábricas, y muchas otras cosas más, esta es indispensable
pues el desarrollo económico-social y el
progreso tecnológico no son posibles sin un suministro garantizado de energía.
Hasta hace poco más de tres siglos las principales fuentes de energía eran la
fuerza de los animales, la potencia obtenida por los molinos de viento (energía
eólica), la obtenida por la fuerza de los causes hídricos (ríos, cascadas), y el
calor obtenido al quemar la madera. Pero el desarrollo tecnológico por ejemplo
con la revolución industrial ha permitido a largo de estas últimas centurias el
desarrollo avanzado y la modernización social y tecnológica que ha logrado
llevar a un punto álgido la utilización y transformación de los diferentes
recursos de la tierra, y su aprovechamiento en la sociedad, a partir de fuentes
de energía totalmente impensables como la solar, la hidráulica mas tecnificada,
la basada en combustibles fósiles, y la nuclear o atómica.
La
energía nuclear es la energía que se libera de las reacciones atómicas, y que
es utilizada para producir energía eléctrica, mecánica y térmica, que son
útiles para dar abasto a las necesidades del mundo en cuanto sea posible; ya
sea desde la generación de electricidad en las centrales nucleares hasta las técnicas de
análisis de datación arqueológica (arqueometría nuclear), la medicina
nuclear usada en los
hospitales, etc. a energía nuclear es aquella energía liberada durante la
fisión o fusión de núcleos atómicos. Una reacción nuclear consiste en la
modificación de la composición del núcleo atómico de un elemento, que muta y
pasa a ser otro elemento como consecuencia del proceso. Este proceso se da
espontáneamente entre algunos elementos y en ocasiones puede provocarse
mediante técnicas como el bombardeo neutrónico u otras.
Por lo tanto
esta energía nuclear propone ser una de las técnicas de producción y
transformación más adecuada y propicia para lograr una sociedad bien organizada
y tecnológicamente desarrollada en pleno siglo XXI, gracias a su nula
producción de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero. Pero a la
vez, esta tecnología puede convertirse en maléfica si se utiliza con fines
bélicos, causar perjuicios incalculables en torno a los desechos resultantes de
dichos procedimientos, y un alto riesgo de contaminación en caso de accidente o
sabotaje. En sí misma, la técnica y su
progreso son buenos, y si pensamos en las posibles consecuencias, no sería
sabio desmeritar estos procesos, sabiendo que cada camino hacia el desarrollo
tiene sus obstáculos que superar, y esta no sería la excepción.
No obstante, la
cuestión aquí no es temer a los probables daños que pueda causar una explosión
accidental (o causada), y por ende perder una cierta cantidad de vidas; el
problema es que hay una cierta probabilidad de no solo causar muertes, tanto
humanas como animales y vegetales, sino de ayudar a extinguir por completo el
desarrollo de la vida integra en el ecosistema del planeta tierra, como en el
caso del accidente ocurrido en Chernóbil, en donde se emitió material
radioactivo unas 500 veces superior al que liberó la bomba atómica en Hiroshima. (Accidente en Chernóbil, 2009).
Dicho lo
anterior, nos estamos enfrentando evidentemente a un problema mayúsculo y
amenazador, el cual no podemos ni debemos ignorar bajo ninguna circunstancia;
por lo que, de manera reflexiva, buscaremos desde nuestra posición de teólogos,
proposiciones plausibles teórica y prácticamente, que esclarezcan un poco la
divergencias presentadas por las diferentes opiniones acerca del tema, no sin
antes plantearnos una serie de preguntas que nos impulsarán hacia la mejor
comprensión de dicha situación, comenzando con las siguientes: ¿En qué sentido
podemos cuestionar la eficacia del desarrollo humano en torno a su proposición
de la energía nuclear? ¿Podríamos entender esta proyección como una
construcción científica, o contrariamente como un posible camino a la
destrucción irreversible? ¿Cuál es la verdadera preocupación de parte de la
teología hacia la utilización de la energía nuclear? ¿Qué propuestas se pueden
presentar desde nuestra perspectiva teológica hacia esta realidad?
Estas son
algunas de las preguntas que nos
llevaran a comprender de manera holística la cuestión de la energía nuclear; no
sin antes tener en cuenta que el asunto no es simplemente la utilización o no
utilización de dicha energía, sino que esta acción trae consigo y tras sí una
cantidad de verdades teóricas que inciden en la visión de tan mencionado tema,
por lo cual queremos abordarlas primero para empezar a concebir las bases, que
luego nos servirán para la elaboración de proposiciones concernientes de la
conveniencia de la energía atómica.
Energía
nuclear, tecnología y teología
Al referirnos a
energía nuclear inevitablemente nos remitimos al actual accidente nuclear
ocurrido en Japón, mas puntualmente en la ciudad de Fukushima tras un fuerte terremoto de magnitud 9.0 en la
escala de Richter que luego produjo un maremoto
con olas de aproximadamente 10 metros de alto, lo que lo sitúa en el terremoto
más fuerte acaecido en Japón hasta la fecha, y en el cuarto más potente del
mundo de los medidos hasta el momento según la Agencia Meteorológica de Japón y el Servicio Geológico de los Estados Unidos. Este tipo de
acontecimientos son fenómenos que de diferentes formas y en diferentes lugares
han ocurrido en toda la historia de la humanidad; sin embargo, cantidades de
personas con ideologías más que todo religiosas, como evangélicas radicales y
pentecostales, afirman que dichos sucesos son indudables señales de que el
mundo está irreversiblemente destinado a un fin, y a un fin manifiesto.
En torno a lo
anterior, alguien preguntó pocos días después de lo ocurrido en Japón, que si
en nuestra opinión Dios había castigado a este pueblo por su situación de
pecado, a lo que respondimos con dos preguntas consecutivas a método mayéutico:
¿sería Dios tan despiadado como para acabar con toda esa gente, basado en solo
la idea de “pecado”? Y si así fuera ¿por qué no nos sucede a nosotros también
si estamos en la misma condición?
Por lo tanto
señalamos que aquí se plantean dos cuestiones sumamente vitales para la
comprensión de la realidad a la que nos estamos enfrentando, la primera cuestión
es la concepción paranoide de la verdad
expuesta por el filósofo colombiano Estanislao Zuleta, refiriéndose a aquellos
que someten la realidad a una “interpretación totalitaria” argumentando que son
dueños de una verdad absolutamente unívoca y que por ende “cualquiera que no esté con ellos, está contra ellos, y el que no está
completamente con ellos, no está con ellos”; además, afirman que los
argumentos de los que son ajenos a sus ideologías “no son argumentos, sino solamente síntomas de una naturaleza dañada,
o bien mascaras con malignos propósitos” (1980).
Consiguientemente,
la segunda cuestión es la no reciprocidad
lógica que se refiere al “empleo de
un método explicativo completamente diferente cuando se intenta dar cuenta de
los problemas, los fracasos y los errores propios y los del otro…”, es
decir que cuando a otro diferente a nosotros en idiosincrasia le ocurre algo lo
juzgamos bajo la premisa de esencialismo; pero en caso contrario, cuando sucede
alguna precariedad en nuestra vida la miramos con la óptica del
circunstancialismo, y así nos fundamentamos en un método explicativo totalmente
incoherente (1980).
Por lo tanto,
antes de examinar alguna situación de la realidad debemos examinar nuestra evaluación, es decir la forma en la que estamos
observando la realidad, puesto que esta puede estar siendo fundada en algunas
de esas dos cuestiones, ya sea por una actitud paranoide ante algún fenómeno, o
por una no reciprocidad lógica en nuestros juicios.
De esta manera,
al tener en cuenta los puntos anteriores nos acercaríamos de una mejor forma a
los fenómenos que ocurran a nuestro alrededor, y principalmente nos dirigiríamos
hacia una aceptación de la pluralidad y el evidente devenir que se exhibe en el
mundo. Nuestros planteamientos no deben ser absolutizados ni libres de
controversia ni crítica, por el contrario debemos entender que ninguna idea por
más brillante que se muestre es totalmente irrefutable, y más cuando hemos
visto la constante evolución del pensamiento en todas sus facetas al transcurrir
los siglos. Lo que antes se admitía como verídico, hoy se critica con
vehemencia, y todo lo que se estimaba como indudable, hoy se ha puesto en tela
de juicio. Claramente esto nos conlleva a la idea de creación como una “acción
dinámica”, ya que la realidad, a nuestra percepción, es totalmente variable,
cambiante y relativa en todos sus aspectos. (Moltmann, 1979)
Asimismo, la
idea de creación continua trae consigo la intención de progreso en el esfuerzo del hombre por, no
solamente subsistir en medio de la naturaleza, sino más aún controlarla y
adaptarla para sí mismo; es un progreso que sobrepasa las barreras limitantes
naturales que sean posibles de superar por medio del esfuerzo constante y la
evolución intelectual por parte de él. Esta alusión es muy bien representada
por Lacueva (1976), afirmando: “mientras
una araña hace siempre del mismo modo la misma tela y, si se estropea, no sabe
repararla, el hombre, por su inteligencia, es capaz de encontrar soluciones
adecuadas a problemas imprevistos y de desarrollar sus facultades, así como de
transformar el mundo que le rodea” (p. 27).
Encima, esta
facultad no es expuesta como una simple capacidad natural de la humanidad, sino
como un mandato divino expelido por Dios hacia sus Co-creadores activos de la
vida, como reafirma Arana (1971) diciendo que “el dictum divino hace del hombre investigador, transformador y
constructor” (p. 68).
Progreso
significa paso adelante, reafirma Lacueva, es decir, marcha, avance. Por tanto, todo
progreso digno de tal nombre ha de servir para que el ser humano avance y haga
avanzar lo que le rodea (Lacueva, 1976, p. 27).
Sin embargo el
ser humano, a pesar de haber realizado su función de Co-creador o en cierto
sentido creador con suma habilidad, se ha dirigido de forma inconsciente pero
patente a una actitud de poder-dominación hacia toda la naturaleza en tanto que
seres vivos, y a los seres de su misma especie que por cuestiones variadas
están por debajo de su posición en el mundo. Un ejemplo claro de esto son las
constantes perforaciones terrestres en busca de combustibles fósiles (petróleo,
carbón y gas natural), los cuales no son renovables y están propensos al
agotamiento.
Pero esto no hay
que “tragarlo entero”, mejor deberíamos examinar, aunque brevemente, algunas de
las posibles causas de tal asentimiento.
Primero que
todo, una de las causas fundamentales de este mecanismo de poder-dominación
ante la naturaleza ha sido la tecnología la cual en todos los sentidos
antiguamente se ha exhibido como una coyuntura de desarrollo bastamente
agresiva, contaminadora y rudimentaria, y que ha implicado la explotación
sistemática de los distintos recursos naturales en el planeta. No obstante, la
misma tecnología, como plantea el eminente Teólogo-ecologista Leonardo Boff, ha
ido superando esos puntos en contra de la integridad planetaria, y en cierto
sentido ha adquirido la capacidad de solventar dichos inconvenientes por medio
de tecnologías más avanzadas y menos fatídicas para la naturaleza; pero estas
tecnologías, como él menciona: “están
prácticamente reservadas para los países ricos…la tecnología no está totalmente
integrada, es decir, no produce beneficios para todas las sociedades, sino solo
para aquellas que detentan la producción científico-técnica, excluyendo a los
demás o cediéndoles las informaciones a cambio de “royalties”, por medio de
pesados impuestos”. (Boff, 1996, p. 87).
La anterior es
una realidad que vemos explicita en muchos ámbitos de las relaciones
inter-estatales, y más aun entre los países primermundistas y los catalogados
subdesarrollados o periféricos, lo cual manifiesta una problemática digna de
ser analizada. Está bien que se trate de sanear de alguna manera todo ese daño
hecho al planeta, y que por medio de las mismas capacidades creadoras de la
humanidad se busquen soluciones eficientes para curar las heridas causadas por
él mismo; no obstante, nosotros creemos que prima una burocracia capitalista,
regida por el ánimo de mantener las relaciones divisorias entre los que
verdaderamente crean (países tecnificados), y los que simplemente esperan a que
“el milagro llegue del cielo” (países atrasados).
Estas son
cuestiones que debemos encarar de forma
realista y decisiva, obedeciendo fehacientemente a nuestra observación mientras
sea lo más objetiva posible. Pero ¿qué más estamos observando? Creemos que
indubitablemente unos modelos de producción fundados en la maximización de
beneficios y la minimización de costos y empleo de tiempo.
En torno a lo
anterior vemos la siguiente afirmación: “Ya
no se trata de trabajo como esfuerzo de generación de lo suficiente para las
necesidades sociales y del excedente para el desahogo humano, sino de
producción en el sentido de la potenciación máxima del trabajo para atender a
las demandas del mercado y la generación de ganancias. Ya no es la obra lo que
interesa, sino la mercancía colocada en el circuito del mercado local, regional
y mundial con vistas a la ganancia y al lucro” (Boff, 1996, p. 88).
Así vislumbra Boff
el modelo incorrecto en el que se está instaurando los mecanismos de producción
en la actualidad, y el latente ánimo de lucro por parte de los que controlan y
dirigen este actuar. La cuestión aquí, en nuestra opinión, no es simplemente de
utilización de artefactos funestos, sino de los fines con los que se utiliza,
ya que, como dice un dicho muy conocido: “no es lo mismo cuchillo en mano de
ladrón que en mano de cocinero”. No es lo mismo utilizar la tecnología para
velar por la integridad universal y la mutualidad en la creación, que servirse
de ella bajo un modelo capitalista basado en una ética de poder-dominación que
someta y subyugue a toda la creación en general, y que tenga como objetivo primero el multiplicar las ganancias y
asegurar la entrada de fondos por muchos años.
Es aquí donde
llegamos al asunto que verdaderamente queremos enfrentar, la energía nuclear
como una posible proposición tecnológica y científica de producción de energía
eléctrica, mecánica y térmica a plenos comienzos del siglo 21. Pero, ¿por qué
la queremos enfrentar? ¿No es esta una excelente muestra del desarrollo humano
y su lucha en contra de la utilización de fuentes no renovables para la
producción de energía?
De
lo teórico a lo práctico
La utilización
de plantas nucleares para la producción de energía “limpia y económica” es un
asunto que hay que examinar cuidadosamente, y la afirmación de que dicha
energía es totalmente inconveniente para la integridad de la vida en el planeta
tierra es una afirmación que debemos “tomar con pinzas”, ya que hay diferentes
posturas respecto al tema siendo unas totalmente pesimistas y tajantes, y otras
un poco más optimistas y creyentes en la capacidad del hombre para superar los
errores y gestionar mejorías en dichos procedimientos.
Por ejemplo,
vemos al premio nobel en química del año 1991 Richard Ernest considerando el
empleo de energía atómica como una acción irresponsable, ya que “la tecnología y
la ambición mental humana son incapaces de manejar de manera segura tanto esa
energía como sus desperdicios”. (2011).
De
modo similar muchas personas del vulgo argumentan bajo las mismas opiniones,
alegando que la ambición humana se ve claramente manifiesta en las tecnologías
alienantes que producen más que bienes y recursos para el desarrollo, división
y más artefactos e instrumentos que coartan el espíritu de igualdad e
integridad Bionatural por la que luchan tantas asociaciones tanto privadas como
gubernamentales.
Sin embargo,
Wade Allison, siendo físico medico y nuclear de la universidad de Oxford,
afirma que no hay que estar tan a la defensiva contra esta energía, y explica: “la gente se preocupa de la radiación porque
no puede sentirla. Sin embargo, la naturaleza tiene una solución. En años recientes se ha
descubierto que las células vivas se sustituyen y remedian por sí mismas de
varias maneras para recuperarse de una dosis de radiación” (2011). Él
expone en su libro “radiación y razón” que las emisiones radioactivas que puede
producir una planta nuclear al momento de un accidente, y los residuos
restantes de las operaciones internas de producción de energía de los núcleos
atómicos son perjudiciales, siempre y cuando sea en cantidades extremadamente
elevadas, puesto que en el caso de las tecnologías nucleares utilizadas en la
medicina para regenerar cualquier órgano dañado y exterminar células cancerosas
o tumores arraigados en el cuerpo se utilizan dosis de radiación iguales a
20.000 mSv en tejido saludable cercano al tumor en tratamiento; y a pesar de
que los limites de exposición radiactiva permitida en el ambiente son mucho
menores (100 mSv), no ha habido secuelas traumáticas en ninguno de los
pacientes, y por el contrario, hoy día es uno de los métodos más eficaces para
la lucha en contra del cáncer y la aniquilación de tumores. (2009).
De hecho en un
artículo escrito por él a la BBC Mundo, el lunes 28 de marzo del presente año, un
par de semanas tras el incidente en Fukushima, dijo:
“En cualquier caso, no es un problema intratable
como muchos suponen. Alguien podría preguntarme si yo aceptaría que este
desperdicio fuera enterrado 100 metros debajo de mi casa. Mi respuesta sería:
"Sí, ¿por qué no? De manera más general: debemos dejar de correr de la
radiación”.
Por añadidura,
otra opinión se deja oír entre los artículos de la misma corporación de
difusión de noticias del reino unido, y es la de Liliet Heredero, la cual el 24
de marzo, escribió en un artículo llamado “cómo
afecta la radiación en el medio ambiente” las formulaciones hechas por el
profesor Nick Evans experto en radioquímica el cual defendió y explicó que el
yodo radioactivo filtrado de los reactores se puede remover usando otros
compuestos químicos que lo eliminen, y propone que otra manera de descontaminar
un campo de radiación es usando las propias plantas, proceso conocido como fitoremediación.
De cualquier
modo, a pesar de todos estos criterios esperanzadores y poco pesimistas la idea
de utilizar energía nuclear en la mayoría de países sigue siendo un programa
tecnológico difícil de aceptar, como bien vemos evidente en todas las encuestas
que se han realizado por diferentes entes noticiarios e investigativos para
conocer la consideración pública respecto a tan escabroso asunto.
Creemos que
después de lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki de parte de los actos belicosos
norteamericanos, es muy difícil desarraigar tan repulsiva opinión y tan vasto
desprestigio que trae consigo la frase “energía nuclear”, y sería el colmo si
no fuera así, puesto que solo basta con recordar esa mañana del 6 de agosto de
1945, y el silencio absoluto y escalofriante luego de que el estruendo tormentoso
y el resplandor color gris-morado cubriera la ciudad, y 85.000 seres humanos de
distintas edades, y diferentes ideologías se polvorizaron instantáneamente,
70.000 quedaran gravemente heridos, y el resto estuvieran en graves peligros
luego de la contaminación radioactiva y las quemaduras por las altísimas
temperaturas que se presentaron en dicha explosión. Mas aquellos que irradiados
en sus órganos genitales engendraron seres vivos seriamente dañados, y personas
angustiadas eternamente por la posibilidad latente de que la exposición a la
radiación las sorprendiera de improviso y terminara con la poca felicidad
obtenida por el privilegio de poder seguir viviendo, bueno: si a eso se le
llamaría vivir… (Hiroshima y Nagasaki,
tomado el 16 de abril del 2011).
Pero mejor
dejemos esta triste realidad para otra ocasión, y circunscribámonos a la
opinión de parte de nosotros como teólogos acerca de la conveniencia o
inconveniencia de la utilización de plantas nucleares para la producción de
energía en la sociedad, y enfaticemos:
¡solamente para la producción de energía servible para la sociedad!, pues
nuestro rechazo hacia el empleo de dicha energía para fines bélicos es
incuestionablemente tajante y decisiva, lo cual no discutiremos en este
escrito.
La energía nuclear
es cierto que intenta dar solución al equívoco empleo de recursos naturales no
renovables para la producción de energía y la propuesta de anulación de emisión
de gases de efecto invernadero, pero también es cierto que ha traído de la mano
otras cuestiones difíciles de ignorar, como por ejemplo las secuelas
tremendamente dañinas que produciría un accidente como lo ocurrido en Japón
hace pocas semanas. Además, en cuanto a los costes, es real que la energía
atómica es mucho más económica que otra clase de obtención de energías, pero
con fenómenos como los conocidos (Chernóbil, Fukushima), deberíamos repensar si
ciertamente es “una propuesta barata”, si los gastos que traería la
reconstrucción de sarcófagos como en Chernóbil son excesivos (se han recaudado
550 millones de euros para su reconstrucción), y también los controles de
seguridad que se han impuesto a la totalidad de plantas nucleares en el mundo
luego de lo tristemente ocurrido en Japón. En otras palabras, lo más
preocupante para nosotros como teólogos que velan por la integridad y unicidad
de la creación con el mismo Dios, es que parece que la intención de mantener
admisible a la energía nuclear se inclina más hacia fines económicos que ecológicos lo cual es
tremendamente lamentable.
Esto nos hace recordar
lo dicho por J. Habermas (1993) que la ciencia moderna está orientada por el
interés, “descubre las estructuras de lo
real, aun las más sutiles, crea la arquitectura del saber para luego someterlo
a una operación práctica, teniendo como meta el progreso, el crecimiento
industrial y el lucro”. Lamentablemente esta es una realidad, y por muchos
intentos que se erijan para contrarrestar la contaminación, y promulgar
principios industriales ecológicamente plausibles es como intentar tocar una
estrella, o encontrar una aguja en un pajar, pues de nada sirve quitar lo
superficial del “Iceberg”, si no somos conscientes que el verdadero problema
está en el fondo, y el fondo de dicho Iceberg es extrañamente tan evidente que
tiende a ser obvio, y es el modelo capitalista de control que impera en el
sistema de globalización vigente en la economía mundial.
Por lo tanto, la
energía nuclear es, como se suponía de un comienzo, un hecho netamente
intrínseco a la economía alienante que seduce por medio de la globalización,
como dice R. Ernest: “Este es el caso típico de globalización, en donde todo se
vale con tal de hacer dinero y no les preocupa los efectos secundarios que
puedan tener”. (2011)
Seamos
conscientes de este rubro de verdades y proclamemos a gritos, como propone
Leonardo Boff en su artículo teólogo: un
ser casi imposible (2010): “tenemos
que conservar la naturaleza, y entrar en armonía con el universo, porque son el
gran libro que Dios nos ha dejado. Ahí se encuentra lo que Dios nos quiere
decir; y porque dejamos de leer este libro, nos dio otro, las escrituras,
cristianas y de otras religiones, para que re-aprendiésemos a leer el libro de
la naturaleza”.
Por
cierto, en Romanos 8: 22 dice:
“Sabemos
que hasta ahora la creación entera se queja y sufre como una mujer con dolores
de parto”.
Ya, con todo lo
anterior, nos hemos topado con un punto en el que nos toca replantear nuestros
argumentos, y redirigir nuestra forma de ver el mundo. No basta solo con tener
buenas intenciones, sino que urge la imaginación; y con esto me refiero a
proyectar nuevas formas de ver, actuar, pensar, producir, consumir, de
relacionarnos unos con otros y con la tierra: así nos exhorta Boff.
Conclusión
Finalmente,
creemos que la energía nuclear es una opción retadora, y somos conscientes
tanto de los beneficios como de los perjuicios que puede causar. Pero si la
comparamos con las tecnologías antiguas y medievales altamente agresivas y
contaminantes para con el planeta tierra, como por ejemplo, las exploración del
subsuelo para la obtención de hidrocarburos, y el posterior relleno de los
fosos vacios que contenían dichos elementos con agua, sería verdaderamente
razonable pensar en la propuesta de la energía atómica como una sugerencia de
energía menos dañina. No obstante, hay
otras muchas maneras de producir energía, por medio de métodos más limpios y
menos peligrosos como la energía solar, hidráulica, y muchas otras., pero ese
asunto se lo dejamos a los que sean mayormente aptos científicamente para dar
buenos argumentos en la escogencia del método más fiel. Desde nuestra parte, y
desde la mirada teológica nos sostenemos en promover la cooperación y
solidaridad para con todos los entes del mundo natural, ya que son
autoexpresión de Dios, y por ende parte de la esencia de Dios mismo (Barrios y Salazar, 2010); y así, en
caso de presentarse cualquier indicio de daño hacia la naturaleza debemos
reaccionar tajantemente, y anotamos: no solamente reaccionar a posteriori, sino
enseñar a los miembros de nuestras comunidades cristianas, por medio de
nuestras predicaciones dominicales y otros medios y momentos educativos, a
poder predecir, o mejor, comprender cuando se está amenazando la creación de
Dios. También (y no está de más recordarlo), escuchar las voces
bienintencionadas de ecologistas, ingenieros, economistas, filósofos, entre
otros., quienes también luchen incansablemente por una relación más integra
entre humanidad-naturaleza; y en cuanto a la relación de estos con Dios, es a
nosotros, en tanto que teólogos, que nos concierne.
BIBLIOGRAFÍA
· - Allison, Wade. Fukushima, y los mitos de la fuga radioactiva. Informe escrito para
la BBC Mundo, el lunes 28 de marzo de 2011.
· -Allison,
Wade. “Radiation and reason: the impact
of science on a culture of fear”. Independently published in 2009.
· - Arana, P. Progreso, técnica y hombre. Barcelona, EEE, 1971.
· - Boff, L. Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres. Ed. Trotta.
Madrid, 1996. Traducido al español por: Rodriguez Herranz, Juan Carlos.
· - Boff, L. El planeta va a seguir con fiebre. Servicios Koinonia, Columna
semanal de Leonardo Boff, 2011.
· - Boff, L. Teólogo: un ser casi imposible. Servicios Koinonia, Columna semanal
de Leonardo Boff, 2011.
· - Ernest, Richard. Entrevista concedida a
NOTIMEX, el 8 de abril del presente año.
· - Habermas, Jurgen. El discurso filosófico de la modernidad. Ed. Taurus. Madrid, 1993.
· - Heredero, Lilliet. Cómo afecta la radiación en el medio ambiente. BBC Mundo, 24 de
marzo del año que transcurre.
· - Lacueva, Francisco. El hombre, su grandeza y su miseria, Ed. CLIE. España, 1976.
· - Moltmann, Jurgen. El futuro de la
creación. Ediciones Sígueme, Salamanca, 1979.
· -SOBRE LA
ENERGÍA NUCLEAR Y SU CONVENIENCIA ECOLÓGICA: Una aproximación desde la teología
POR:
Osmar Barrios, Adolfo Céspedes, Jhonjanes Charris y
Jaime
Barrios.[1]
Introducción
La
energía es la fuerza vital que mueve nuestra sociedad. De ella depende la
iluminación de nuestras casas o de las calles de las ciudades, el calentamiento
y refrigeración en nuestros hogares, el transporte de personas y mercancías, el
funcionamiento de las fábricas, y muchas otras cosas más, esta es indispensable
pues el desarrollo económico-social y el
progreso tecnológico no son posibles sin un suministro garantizado de energía.
Hasta hace poco más de tres siglos las principales fuentes de energía eran la
fuerza de los animales, la potencia obtenida por los molinos de viento (energía
eólica), la obtenida por la fuerza de los causes hídricos (ríos, cascadas), y el
calor obtenido al quemar la madera. Pero el desarrollo tecnológico por ejemplo
con la revolución industrial ha permitido a largo de estas últimas centurias el
desarrollo avanzado y la modernización social y tecnológica que ha logrado
llevar a un punto álgido la utilización y transformación de los diferentes
recursos de la tierra, y su aprovechamiento en la sociedad, a partir de fuentes
de energía totalmente impensables como la solar, la hidráulica mas tecnificada,
la basada en combustibles fósiles, y la nuclear o atómica.
La
energía nuclear es la energía que se libera de las reacciones atómicas, y que
es utilizada para producir energía eléctrica, mecánica y térmica, que son
útiles para dar abasto a las necesidades del mundo en cuanto sea posible; ya
sea desde la generación de electricidad en las centrales nucleares hasta las técnicas de
análisis de datación arqueológica (arqueometría nuclear), la medicina
nuclear usada en los
hospitales, etc. a energía nuclear es aquella energía liberada durante la
fisión o fusión de núcleos atómicos. Una reacción nuclear consiste en la
modificación de la composición del núcleo atómico de un elemento, que muta y
pasa a ser otro elemento como consecuencia del proceso. Este proceso se da
espontáneamente entre algunos elementos y en ocasiones puede provocarse
mediante técnicas como el bombardeo neutrónico u otras.
Por lo tanto
esta energía nuclear propone ser una de las técnicas de producción y
transformación más adecuada y propicia para lograr una sociedad bien organizada
y tecnológicamente desarrollada en pleno siglo XXI, gracias a su nula
producción de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero. Pero a la
vez, esta tecnología puede convertirse en maléfica si se utiliza con fines
bélicos, causar perjuicios incalculables en torno a los desechos resultantes de
dichos procedimientos, y un alto riesgo de contaminación en caso de accidente o
sabotaje. En sí misma, la técnica y su
progreso son buenos, y si pensamos en las posibles consecuencias, no sería
sabio desmeritar estos procesos, sabiendo que cada camino hacia el desarrollo
tiene sus obstáculos que superar, y esta no sería la excepción.
No obstante, la
cuestión aquí no es temer a los probables daños que pueda causar una explosión
accidental (o causada), y por ende perder una cierta cantidad de vidas; el
problema es que hay una cierta probabilidad de no solo causar muertes, tanto
humanas como animales y vegetales, sino de ayudar a extinguir por completo el
desarrollo de la vida integra en el ecosistema del planeta tierra, como en el
caso del accidente ocurrido en Chernóbil, en donde se emitió material
radioactivo unas 500 veces superior al que liberó la bomba atómica en Hiroshima. (Accidente en Chernóbil, 2009).
Dicho lo
anterior, nos estamos enfrentando evidentemente a un problema mayúsculo y
amenazador, el cual no podemos ni debemos ignorar bajo ninguna circunstancia;
por lo que, de manera reflexiva, buscaremos desde nuestra posición de teólogos,
proposiciones plausibles teórica y prácticamente, que esclarezcan un poco la
divergencias presentadas por las diferentes opiniones acerca del tema, no sin
antes plantearnos una serie de preguntas que nos impulsarán hacia la mejor
comprensión de dicha situación, comenzando con las siguientes: ¿En qué sentido
podemos cuestionar la eficacia del desarrollo humano en torno a su proposición
de la energía nuclear? ¿Podríamos entender esta proyección como una
construcción científica, o contrariamente como un posible camino a la
destrucción irreversible? ¿Cuál es la verdadera preocupación de parte de la
teología hacia la utilización de la energía nuclear? ¿Qué propuestas se pueden
presentar desde nuestra perspectiva teológica hacia esta realidad?
Estas son
algunas de las preguntas que nos
llevaran a comprender de manera holística la cuestión de la energía nuclear; no
sin antes tener en cuenta que el asunto no es simplemente la utilización o no
utilización de dicha energía, sino que esta acción trae consigo y tras sí una
cantidad de verdades teóricas que inciden en la visión de tan mencionado tema,
por lo cual queremos abordarlas primero para empezar a concebir las bases, que
luego nos servirán para la elaboración de proposiciones concernientes de la
conveniencia de la energía atómica.
Energía
nuclear, tecnología y teología
Al referirnos a
energía nuclear inevitablemente nos remitimos al actual accidente nuclear
ocurrido en Japón, mas puntualmente en la ciudad de Fukushima tras un fuerte terremoto de magnitud 9.0 en la
escala de Richter que luego produjo un maremoto
con olas de aproximadamente 10 metros de alto, lo que lo sitúa en el terremoto
más fuerte acaecido en Japón hasta la fecha, y en el cuarto más potente del
mundo de los medidos hasta el momento según la Agencia Meteorológica de Japón y el Servicio Geológico de los Estados Unidos. Este tipo de
acontecimientos son fenómenos que de diferentes formas y en diferentes lugares
han ocurrido en toda la historia de la humanidad; sin embargo, cantidades de
personas con ideologías más que todo religiosas, como evangélicas radicales y
pentecostales, afirman que dichos sucesos son indudables señales de que el
mundo está irreversiblemente destinado a un fin, y a un fin manifiesto.
En torno a lo
anterior, alguien preguntó pocos días después de lo ocurrido en Japón, que si
en nuestra opinión Dios había castigado a este pueblo por su situación de
pecado, a lo que respondimos con dos preguntas consecutivas a método mayéutico:
¿sería Dios tan despiadado como para acabar con toda esa gente, basado en solo
la idea de “pecado”? Y si así fuera ¿por qué no nos sucede a nosotros también
si estamos en la misma condición?
Por lo tanto
señalamos que aquí se plantean dos cuestiones sumamente vitales para la
comprensión de la realidad a la que nos estamos enfrentando, la primera cuestión
es la concepción paranoide de la verdad
expuesta por el filósofo colombiano Estanislao Zuleta, refiriéndose a aquellos
que someten la realidad a una “interpretación totalitaria” argumentando que son
dueños de una verdad absolutamente unívoca y que por ende “cualquiera que no esté con ellos, está contra ellos, y el que no está
completamente con ellos, no está con ellos”; además, afirman que los
argumentos de los que son ajenos a sus ideologías “no son argumentos, sino solamente síntomas de una naturaleza dañada,
o bien mascaras con malignos propósitos” (1980).
Consiguientemente,
la segunda cuestión es la no reciprocidad
lógica que se refiere al “empleo de
un método explicativo completamente diferente cuando se intenta dar cuenta de
los problemas, los fracasos y los errores propios y los del otro…”, es
decir que cuando a otro diferente a nosotros en idiosincrasia le ocurre algo lo
juzgamos bajo la premisa de esencialismo; pero en caso contrario, cuando sucede
alguna precariedad en nuestra vida la miramos con la óptica del
circunstancialismo, y así nos fundamentamos en un método explicativo totalmente
incoherente (1980).
Por lo tanto,
antes de examinar alguna situación de la realidad debemos examinar nuestra evaluación, es decir la forma en la que estamos
observando la realidad, puesto que esta puede estar siendo fundada en algunas
de esas dos cuestiones, ya sea por una actitud paranoide ante algún fenómeno, o
por una no reciprocidad lógica en nuestros juicios.
De esta manera,
al tener en cuenta los puntos anteriores nos acercaríamos de una mejor forma a
los fenómenos que ocurran a nuestro alrededor, y principalmente nos dirigiríamos
hacia una aceptación de la pluralidad y el evidente devenir que se exhibe en el
mundo. Nuestros planteamientos no deben ser absolutizados ni libres de
controversia ni crítica, por el contrario debemos entender que ninguna idea por
más brillante que se muestre es totalmente irrefutable, y más cuando hemos
visto la constante evolución del pensamiento en todas sus facetas al transcurrir
los siglos. Lo que antes se admitía como verídico, hoy se critica con
vehemencia, y todo lo que se estimaba como indudable, hoy se ha puesto en tela
de juicio. Claramente esto nos conlleva a la idea de creación como una “acción
dinámica”, ya que la realidad, a nuestra percepción, es totalmente variable,
cambiante y relativa en todos sus aspectos. (Moltmann, 1979)
Asimismo, la
idea de creación continua trae consigo la intención de progreso en el esfuerzo del hombre por, no
solamente subsistir en medio de la naturaleza, sino más aún controlarla y
adaptarla para sí mismo; es un progreso que sobrepasa las barreras limitantes
naturales que sean posibles de superar por medio del esfuerzo constante y la
evolución intelectual por parte de él. Esta alusión es muy bien representada
por Lacueva (1976), afirmando: “mientras
una araña hace siempre del mismo modo la misma tela y, si se estropea, no sabe
repararla, el hombre, por su inteligencia, es capaz de encontrar soluciones
adecuadas a problemas imprevistos y de desarrollar sus facultades, así como de
transformar el mundo que le rodea” (p. 27).
Encima, esta
facultad no es expuesta como una simple capacidad natural de la humanidad, sino
como un mandato divino expelido por Dios hacia sus Co-creadores activos de la
vida, como reafirma Arana (1971) diciendo que “el dictum divino hace del hombre investigador, transformador y
constructor” (p. 68).
Progreso
significa paso adelante, reafirma Lacueva, es decir, marcha, avance. Por tanto, todo
progreso digno de tal nombre ha de servir para que el ser humano avance y haga
avanzar lo que le rodea (Lacueva, 1976, p. 27).
Sin embargo el
ser humano, a pesar de haber realizado su función de Co-creador o en cierto
sentido creador con suma habilidad, se ha dirigido de forma inconsciente pero
patente a una actitud de poder-dominación hacia toda la naturaleza en tanto que
seres vivos, y a los seres de su misma especie que por cuestiones variadas
están por debajo de su posición en el mundo. Un ejemplo claro de esto son las
constantes perforaciones terrestres en busca de combustibles fósiles (petróleo,
carbón y gas natural), los cuales no son renovables y están propensos al
agotamiento.
Pero esto no hay
que “tragarlo entero”, mejor deberíamos examinar, aunque brevemente, algunas de
las posibles causas de tal asentimiento.
Primero que
todo, una de las causas fundamentales de este mecanismo de poder-dominación
ante la naturaleza ha sido la tecnología la cual en todos los sentidos
antiguamente se ha exhibido como una coyuntura de desarrollo bastamente
agresiva, contaminadora y rudimentaria, y que ha implicado la explotación
sistemática de los distintos recursos naturales en el planeta. No obstante, la
misma tecnología, como plantea el eminente Teólogo-ecologista Leonardo Boff, ha
ido superando esos puntos en contra de la integridad planetaria, y en cierto
sentido ha adquirido la capacidad de solventar dichos inconvenientes por medio
de tecnologías más avanzadas y menos fatídicas para la naturaleza; pero estas
tecnologías, como él menciona: “están
prácticamente reservadas para los países ricos…la tecnología no está totalmente
integrada, es decir, no produce beneficios para todas las sociedades, sino solo
para aquellas que detentan la producción científico-técnica, excluyendo a los
demás o cediéndoles las informaciones a cambio de “royalties”, por medio de
pesados impuestos”. (Boff, 1996, p. 87).
La anterior es
una realidad que vemos explicita en muchos ámbitos de las relaciones
inter-estatales, y más aun entre los países primermundistas y los catalogados
subdesarrollados o periféricos, lo cual manifiesta una problemática digna de
ser analizada. Está bien que se trate de sanear de alguna manera todo ese daño
hecho al planeta, y que por medio de las mismas capacidades creadoras de la
humanidad se busquen soluciones eficientes para curar las heridas causadas por
él mismo; no obstante, nosotros creemos que prima una burocracia capitalista,
regida por el ánimo de mantener las relaciones divisorias entre los que
verdaderamente crean (países tecnificados), y los que simplemente esperan a que
“el milagro llegue del cielo” (países atrasados).
Estas son
cuestiones que debemos encarar de forma
realista y decisiva, obedeciendo fehacientemente a nuestra observación mientras
sea lo más objetiva posible. Pero ¿qué más estamos observando? Creemos que
indubitablemente unos modelos de producción fundados en la maximización de
beneficios y la minimización de costos y empleo de tiempo.
En torno a lo
anterior vemos la siguiente afirmación: “Ya
no se trata de trabajo como esfuerzo de generación de lo suficiente para las
necesidades sociales y del excedente para el desahogo humano, sino de
producción en el sentido de la potenciación máxima del trabajo para atender a
las demandas del mercado y la generación de ganancias. Ya no es la obra lo que
interesa, sino la mercancía colocada en el circuito del mercado local, regional
y mundial con vistas a la ganancia y al lucro” (Boff, 1996, p. 88).
Así vislumbra Boff
el modelo incorrecto en el que se está instaurando los mecanismos de producción
en la actualidad, y el latente ánimo de lucro por parte de los que controlan y
dirigen este actuar. La cuestión aquí, en nuestra opinión, no es simplemente de
utilización de artefactos funestos, sino de los fines con los que se utiliza,
ya que, como dice un dicho muy conocido: “no es lo mismo cuchillo en mano de
ladrón que en mano de cocinero”. No es lo mismo utilizar la tecnología para
velar por la integridad universal y la mutualidad en la creación, que servirse
de ella bajo un modelo capitalista basado en una ética de poder-dominación que
someta y subyugue a toda la creación en general, y que tenga como objetivo primero el multiplicar las ganancias y
asegurar la entrada de fondos por muchos años.
Es aquí donde
llegamos al asunto que verdaderamente queremos enfrentar, la energía nuclear
como una posible proposición tecnológica y científica de producción de energía
eléctrica, mecánica y térmica a plenos comienzos del siglo 21. Pero, ¿por qué
la queremos enfrentar? ¿No es esta una excelente muestra del desarrollo humano
y su lucha en contra de la utilización de fuentes no renovables para la
producción de energía?
De
lo teórico a lo práctico
La utilización
de plantas nucleares para la producción de energía “limpia y económica” es un
asunto que hay que examinar cuidadosamente, y la afirmación de que dicha
energía es totalmente inconveniente para la integridad de la vida en el planeta
tierra es una afirmación que debemos “tomar con pinzas”, ya que hay diferentes
posturas respecto al tema siendo unas totalmente pesimistas y tajantes, y otras
un poco más optimistas y creyentes en la capacidad del hombre para superar los
errores y gestionar mejorías en dichos procedimientos.
Por ejemplo,
vemos al premio nobel en química del año 1991 Richard Ernest considerando el
empleo de energía atómica como una acción irresponsable, ya que “la tecnología y
la ambición mental humana son incapaces de manejar de manera segura tanto esa
energía como sus desperdicios”. (2011).
De
modo similar muchas personas del vulgo argumentan bajo las mismas opiniones,
alegando que la ambición humana se ve claramente manifiesta en las tecnologías
alienantes que producen más que bienes y recursos para el desarrollo, división
y más artefactos e instrumentos que coartan el espíritu de igualdad e
integridad Bionatural por la que luchan tantas asociaciones tanto privadas como
gubernamentales.
Sin embargo,
Wade Allison, siendo físico medico y nuclear de la universidad de Oxford,
afirma que no hay que estar tan a la defensiva contra esta energía, y explica: “la gente se preocupa de la radiación porque
no puede sentirla. Sin embargo, la naturaleza tiene una solución. En años recientes se ha
descubierto que las células vivas se sustituyen y remedian por sí mismas de
varias maneras para recuperarse de una dosis de radiación” (2011). Él
expone en su libro “radiación y razón” que las emisiones radioactivas que puede
producir una planta nuclear al momento de un accidente, y los residuos
restantes de las operaciones internas de producción de energía de los núcleos
atómicos son perjudiciales, siempre y cuando sea en cantidades extremadamente
elevadas, puesto que en el caso de las tecnologías nucleares utilizadas en la
medicina para regenerar cualquier órgano dañado y exterminar células cancerosas
o tumores arraigados en el cuerpo se utilizan dosis de radiación iguales a
20.000 mSv en tejido saludable cercano al tumor en tratamiento; y a pesar de
que los limites de exposición radiactiva permitida en el ambiente son mucho
menores (100 mSv), no ha habido secuelas traumáticas en ninguno de los
pacientes, y por el contrario, hoy día es uno de los métodos más eficaces para
la lucha en contra del cáncer y la aniquilación de tumores. (2009).
De hecho en un
artículo escrito por él a la BBC Mundo, el lunes 28 de marzo del presente año, un
par de semanas tras el incidente en Fukushima, dijo:
“En cualquier caso, no es un problema intratable
como muchos suponen. Alguien podría preguntarme si yo aceptaría que este
desperdicio fuera enterrado 100 metros debajo de mi casa. Mi respuesta sería:
"Sí, ¿por qué no? De manera más general: debemos dejar de correr de la
radiación”.
Por añadidura,
otra opinión se deja oír entre los artículos de la misma corporación de
difusión de noticias del reino unido, y es la de Liliet Heredero, la cual el 24
de marzo, escribió en un artículo llamado “cómo
afecta la radiación en el medio ambiente” las formulaciones hechas por el
profesor Nick Evans experto en radioquímica el cual defendió y explicó que el
yodo radioactivo filtrado de los reactores se puede remover usando otros
compuestos químicos que lo eliminen, y propone que otra manera de descontaminar
un campo de radiación es usando las propias plantas, proceso conocido como fitoremediación.
De cualquier
modo, a pesar de todos estos criterios esperanzadores y poco pesimistas la idea
de utilizar energía nuclear en la mayoría de países sigue siendo un programa
tecnológico difícil de aceptar, como bien vemos evidente en todas las encuestas
que se han realizado por diferentes entes noticiarios e investigativos para
conocer la consideración pública respecto a tan escabroso asunto.
Creemos que
después de lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki de parte de los actos belicosos
norteamericanos, es muy difícil desarraigar tan repulsiva opinión y tan vasto
desprestigio que trae consigo la frase “energía nuclear”, y sería el colmo si
no fuera así, puesto que solo basta con recordar esa mañana del 6 de agosto de
1945, y el silencio absoluto y escalofriante luego de que el estruendo tormentoso
y el resplandor color gris-morado cubriera la ciudad, y 85.000 seres humanos de
distintas edades, y diferentes ideologías se polvorizaron instantáneamente,
70.000 quedaran gravemente heridos, y el resto estuvieran en graves peligros
luego de la contaminación radioactiva y las quemaduras por las altísimas
temperaturas que se presentaron en dicha explosión. Mas aquellos que irradiados
en sus órganos genitales engendraron seres vivos seriamente dañados, y personas
angustiadas eternamente por la posibilidad latente de que la exposición a la
radiación las sorprendiera de improviso y terminara con la poca felicidad
obtenida por el privilegio de poder seguir viviendo, bueno: si a eso se le
llamaría vivir… (Hiroshima y Nagasaki,
tomado el 16 de abril del 2011).
Pero mejor
dejemos esta triste realidad para otra ocasión, y circunscribámonos a la
opinión de parte de nosotros como teólogos acerca de la conveniencia o
inconveniencia de la utilización de plantas nucleares para la producción de
energía en la sociedad, y enfaticemos:
¡solamente para la producción de energía servible para la sociedad!, pues
nuestro rechazo hacia el empleo de dicha energía para fines bélicos es
incuestionablemente tajante y decisiva, lo cual no discutiremos en este
escrito.
La energía nuclear
es cierto que intenta dar solución al equívoco empleo de recursos naturales no
renovables para la producción de energía y la propuesta de anulación de emisión
de gases de efecto invernadero, pero también es cierto que ha traído de la mano
otras cuestiones difíciles de ignorar, como por ejemplo las secuelas
tremendamente dañinas que produciría un accidente como lo ocurrido en Japón
hace pocas semanas. Además, en cuanto a los costes, es real que la energía
atómica es mucho más económica que otra clase de obtención de energías, pero
con fenómenos como los conocidos (Chernóbil, Fukushima), deberíamos repensar si
ciertamente es “una propuesta barata”, si los gastos que traería la
reconstrucción de sarcófagos como en Chernóbil son excesivos (se han recaudado
550 millones de euros para su reconstrucción), y también los controles de
seguridad que se han impuesto a la totalidad de plantas nucleares en el mundo
luego de lo tristemente ocurrido en Japón. En otras palabras, lo más
preocupante para nosotros como teólogos que velan por la integridad y unicidad
de la creación con el mismo Dios, es que parece que la intención de mantener
admisible a la energía nuclear se inclina más hacia fines económicos que ecológicos lo cual es
tremendamente lamentable.
Esto nos hace recordar
lo dicho por J. Habermas (1993) que la ciencia moderna está orientada por el
interés, “descubre las estructuras de lo
real, aun las más sutiles, crea la arquitectura del saber para luego someterlo
a una operación práctica, teniendo como meta el progreso, el crecimiento
industrial y el lucro”. Lamentablemente esta es una realidad, y por muchos
intentos que se erijan para contrarrestar la contaminación, y promulgar
principios industriales ecológicamente plausibles es como intentar tocar una
estrella, o encontrar una aguja en un pajar, pues de nada sirve quitar lo
superficial del “Iceberg”, si no somos conscientes que el verdadero problema
está en el fondo, y el fondo de dicho Iceberg es extrañamente tan evidente que
tiende a ser obvio, y es el modelo capitalista de control que impera en el
sistema de globalización vigente en la economía mundial.
Por lo tanto, la
energía nuclear es, como se suponía de un comienzo, un hecho netamente
intrínseco a la economía alienante que seduce por medio de la globalización,
como dice R. Ernest: “Este es el caso típico de globalización, en donde todo se
vale con tal de hacer dinero y no les preocupa los efectos secundarios que
puedan tener”. (2011)
Seamos
conscientes de este rubro de verdades y proclamemos a gritos, como propone
Leonardo Boff en su artículo teólogo: un
ser casi imposible (2010): “tenemos
que conservar la naturaleza, y entrar en armonía con el universo, porque son el
gran libro que Dios nos ha dejado. Ahí se encuentra lo que Dios nos quiere
decir; y porque dejamos de leer este libro, nos dio otro, las escrituras,
cristianas y de otras religiones, para que re-aprendiésemos a leer el libro de
la naturaleza”.
Por
cierto, en Romanos 8: 22 dice:
“Sabemos
que hasta ahora la creación entera se queja y sufre como una mujer con dolores
de parto”.
Ya, con todo lo
anterior, nos hemos topado con un punto en el que nos toca replantear nuestros
argumentos, y redirigir nuestra forma de ver el mundo. No basta solo con tener
buenas intenciones, sino que urge la imaginación; y con esto me refiero a
proyectar nuevas formas de ver, actuar, pensar, producir, consumir, de
relacionarnos unos con otros y con la tierra: así nos exhorta Boff.
Conclusión
Finalmente,
creemos que la energía nuclear es una opción retadora, y somos conscientes
tanto de los beneficios como de los perjuicios que puede causar. Pero si la
comparamos con las tecnologías antiguas y medievales altamente agresivas y
contaminantes para con el planeta tierra, como por ejemplo, las exploración del
subsuelo para la obtención de hidrocarburos, y el posterior relleno de los
fosos vacios que contenían dichos elementos con agua, sería verdaderamente
razonable pensar en la propuesta de la energía atómica como una sugerencia de
energía menos dañina. No obstante, hay
otras muchas maneras de producir energía, por medio de métodos más limpios y
menos peligrosos como la energía solar, hidráulica, y muchas otras., pero ese
asunto se lo dejamos a los que sean mayormente aptos científicamente para dar
buenos argumentos en la escogencia del método más fiel. Desde nuestra parte, y
desde la mirada teológica nos sostenemos en promover la cooperación y
solidaridad para con todos los entes del mundo natural, ya que son
autoexpresión de Dios, y por ende parte de la esencia de Dios mismo (Barrios y Salazar, 2010); y así, en
caso de presentarse cualquier indicio de daño hacia la naturaleza debemos
reaccionar tajantemente, y anotamos: no solamente reaccionar a posteriori, sino
enseñar a los miembros de nuestras comunidades cristianas, por medio de
nuestras predicaciones dominicales y otros medios y momentos educativos, a
poder predecir, o mejor, comprender cuando se está amenazando la creación de
Dios. También (y no está de más recordarlo), escuchar las voces
bienintencionadas de ecologistas, ingenieros, economistas, filósofos, entre
otros., quienes también luchen incansablemente por una relación más integra
entre humanidad-naturaleza; y en cuanto a la relación de estos con Dios, es a
nosotros, en tanto que teólogos, que nos concierne.
BIBLIOGRAFÍA
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la BBC Mundo, el lunes 28 de marzo de 2011.
·
Allison,
Wade. “Radiation and reason: the impact
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·
Arana, P. Progreso, técnica y hombre. Barcelona, EEE, 1971.
·
Boff, L. Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres. Ed. Trotta.
Madrid, 1996. Traducido al español por: Rodriguez Herranz, Juan Carlos.
·
Boff, L. El planeta va a seguir con fiebre. Servicios Koinonia, Columna
semanal de Leonardo Boff, 2011.
·
Boff, L. Teólogo: un ser casi imposible. Servicios Koinonia, Columna semanal
de Leonardo Boff, 2011.
·
Ernest, Richard. Entrevista concedida a
NOTIMEX, el 8 de abril del presente año.
·
Habermas, Jurgen. El discurso filosófico de la modernidad. Ed. Taurus. Madrid, 1993.
·
Heredero, Lilliet. Cómo afecta la radiación en el medio ambiente. BBC Mundo, 24 de
marzo del año que transcurre.
·
Lacueva, Francisco. El hombre, su grandeza y su miseria, Ed. CLIE. España, 1976.
·
Moltmann, Jurgen. El futuro de la
creación. Ediciones Sígueme, Salamanca, 1979.
·
Zuleta, Estanislao. “elogio de la dificultad”, conferencia expuesta por él en la
Universidad del Valle en 1980, al momento de obtener el título “Doctor honoris
causa” en psicología de parte de dicha institución.
. “elogio de la dificultad”, conferencia expuesta por él en la
Universidad del Valle en 1980, al momento de obtener el título “Doctor honoris
causa” en psicología de parte de dicha institución.
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